Las primeras comunidades cristianas

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«No vayáis por los caminos de los gentiles ni entréis en las ciudades de los samaritanos. Id, más bien, a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mateo 10, 5).

Este mandato de Jesús, que recoge la tradición sinópica, generó varios problemas entre sus primeros seguidores, que no entendían si, tras su crucifixión, debían permanecer dentro del pueblo judío o, por el contrario, podían abrir el evangelio a todas las naciones. Las primeras comunidades cristianas tuvieron que resolver el dilema. Este hecho provocó una importante disputa teológica entre Santiago el Justo y Pablo de Tarso.

Este post analiza las características de las primeras comunidades cristianas.  

Las primeras comunidades cristianas

La vida de las primeras comunidades cristianas

Tras la muerte de Jesús, la pequeña comunidad de seguidores que lo había acompañado desde Galilea permaneció en Jerusalén. Los primeros capítulos de Hechos de los Apóstoles ofrecen una gran y valiosa información de la vida y del día a día del grupo de judíos que siguió creyendo en Jesús después de su crucifixión.

La comunidad de seguidores de Jesús estaba constituida por judíos —exclusivamente judíos— con cierta afinidad ideológica con el movimiento de los fariseos. Eran judíos galileos llegados de un contexto rural y periférico, campesinos y pescadores, que para seguir a Jesús habían renunciado a su vida anterior. La creencia en la llegada del mesías, así como la creencia en la resurrección de los muertos, era parte de la doctrina farisaica. La creencia en la resurrección de Jesús de Nazaret fue la pieza clave que permitió la supervivencia del movimiento. La crucifixión de Jesús dio inicio al desarrollo teológico de la figura del Cristo celestial y del kerigma evangélico

Las primeras comunidades cristianas eran, en realidad, comunidades judías que en nada se distinguían del resto del pueblo de Israel. La separación entre el cristianismo y el judaísmo no tuvo lugar hasta inicios del siglo II d. C.

Como dice Daniel Boyarin en su obra, «hoy llamamos ´protocristianos´ a los judíos que seguían a Jesús y ´judíos´ a los judíos que no lo seguían, pero en aquel entonces, y durante mucho tiempo, todos eran judíos». Por tanto, es imposible comprender a los primeros fieles del movimientos de seguidores de Jesús sin conocer su contexto histórico y social.

La primera comunidad cristiana de Jerusalén

Los discípulos de Jesús eran de Galilea, pero tras la muerte de su maestro decidieron quedarse en Jerusalén para predicar su mensaje:

«Entonces se volvieron a Jerusalén desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban» (Hechos 1, 12-13).

La necesidad del autor de Hechos de los Apóstoles de justificar que el monte de los Olivos «dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado» refuerza la idea de que, tras la muerte de Jesús, los apóstoles siguieron practicando el judaísmo. Según la Torá, en Shabat y demás festividades judías, como Pésaj y Shavuot, está prohibido alejarse más de 2 mil codos (1 km) de la ciudad. Jesús de Nazaret también respetó esta normativa cuando, tras la cena pascual, se retiró al monte de los Olivos en vez de regresar a Betania, donde se había estado hospedando toda la semana, por localizarse fuera del perímetro sabático. 

La permanencia de los apóstoles en Jerusalén se debe a que estaban convencidos de que el regreso de su maestro iba a ser un acontecimiento inminente. El kerigma —la proclamación del mensaje cristológico— poseía un claro componente apocalíptico, y era necesario incorporar a la mayor cantidad de seguidores antes de la segunda venida de Jesús. No existía, para cumplir este objetivo, un lugar más idóneo que Jerusalén. 

El Templo de Jerusalén

A Jerusalén acudían varias veces por año peregrinos judíos de todas las regiones de Israel y de la diáspora:

«Había en Jerusalén judíos devotos venidos de todas las regiones» (Hechos 2, 5).

Los discípulos de Jesús, fundadores de la primera comunidad judeocristiana de Jerusalén, aprovechaban las fiestas de peregrinación del calendario hebreo para predicar su mensaje. Poco a poco el movimiento fue ganando adeptos.

Cada día los seguidores de Jesús acudían al Templo y predicaban su mensaje a las multitudes. El Templo se abarrotaba de judíos que venían a ofrecer sus sacrificios conforme estipulada la tradición. Pero, además de ser el centro ceremonial del judaísmo, el Templo era también un lugar comunitario en el que se reunía todo el pueblo judío. 

Durante las fiestas de peregrinación, el Templo era un hervidero. Multitudes de judíos con aspiraciones nacionales, mesiánicas y apocalípticas llegaban de todos los rincones del Imperio romano. En este contexto, la proclamación del evangelio soponía un problema constante para los sacerdotes del Templo, que veían su estatus amenazado.


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En varias oportunidades los saduceos detuvieron a los apóstoles mientras predicaban en el Templo para juzgarlos en el Sanedrín por alboroto público (Hechos 5, 17). La proclamación de un mensaje apocalíptico tenía el potencial de generar una rebelión popular contra Roma y contra el monopolio que los sacerdotes ejercían en la vida pública jerosolimitana.

La hostilidad saducea y la alianza farisea

Los enemigos de la primera comunidad cristiana de Jerusalén fueron, desde los inicios mismos del movimiento, los sacerdotes saduceos del Templo de Jerusalén. Por miedo a una eventual rebelión judía, los saduceos se aliaron con Roma para sacarse de encima, y de manera preventiva, a cualquier líder fariseo capaz de alborotar a las masas, como Jesús de Nazaret. Y lo mismo intentaron hacer con sus seguidores:

«Entonces, el sumo sacerdote y todos los suyos, que integraban la secta de los saduceos, prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública» (Hechos 5, 17-18).

Los apóstoles se veían a sí mismos como parte del movimiento de los fariseos. También los líderes fariseos consideraban que los primeros judeocristianos eran miembros de su grupo. La creencia en la llegada del mesías, la oposición al liderazgo saduceo, la hostilidad hacia el poder ejercido por Roma y el anhelo por el inminente advenimiento del Reino de los Cielos unía a los fariseos y a los cristianos bajo una misma categoria grupal. 

Tras su encarcelamiento, uno de los principales defensores de los apóstoles fue Rabán Gamaliel, líder de los fariseos de Jerusalén: 

«Pero un fariseo llamado Gamaliel, maestro de la Ley, respetado por todo el pueblo, se levantó en el Sanedrín, mandó que sacaran fuera un momento a aquellos hombres y dijo: ´Soltadlos. Si su idea y su actividad son cosa de hombres, se disolverán; pero, si es cosa de Dios, no lograréis destruirlos´. Le dieron la razón […] y los soltaron» (Hechos 5, 34-40).

Gamaliel defendió en aquel momento a los apóstoles del mismo modo que, años atrás, los fariseos de Galilea habían ayudado a Jesús de Nazaret cuando Herodes Antipas lo buscaba para matarlo (Lucas 31, 31). La relación entre los fariseos y los judeocristianos era muy cercana. En todo sentido, y a ojos de absolutamente todo el pueblo, la primera comunidad cristiana de Jerusalén era una comunidad de judíos fariseos

Primeras tensiones entre Israel y la diáspora

El aumento de seguidores provocó las primeras tensiones entre los judíos de la diáspora y los judíos de Jerusalén:

«En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea» (Hechos 6, 1).

Una de las figuras centrales del judeocristianismo de lengua griega fue Esteban, lapidado por instigación de los sacerdotes tras proclamar en el Templo de Jerusalén que «Dios no habita en edificios construidos por manos humanas».

La tensión histórica entre el judaísmo helenista y el judaismo de la tierra de Israel se comenzaba a extrapolar a los primeros discípulos de Jesús. Los judíos procedentes de la diáspora, hablantes de griego, tenían una visión más universal y aperturista, sobre todo en comparación a los judíos de Israel, hablantes de arameo o hebreo, que poseían una actitud más tradicional o nacioalista del judaísmo. 

Tras la ejecución de Esteban, la comunidad judeocristiana de Jerusalén se vio obligada a pasar a la clandestinidad —a no llamar demasiado la atención—, al menos durante algunos años. Este acontecimiento propició el surgimiento de un nuevo centro de predicación del evangelio: Antioquía.

La primera comunidad cristiana de Antioquía

Las primeras comunidades cristianas

La ciudad de Antioquía fue la sede de una de las primeras comunidades cristianas fuera de la tierra de Israel:

«Los que se habían dispersado en la persecución provocada por lo de Esteban llegaron hasta […] Antioquía, sin predicar la palabra más que a los judíos. Pero algunos, naturales de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron a predicar también a los griegos» (Hechos 11, 19-20).

La predicación de la palabra «también a los griegos» supuso un punto de inflexión en la historia del cristianismo primitivo. Fue en Antioquía donde, por primera vez, los seguidores de Jesús comenzaron a ser llamados «cristianos» (Hechos 11, 26).

El incidente de Antioquía

Pablo de Tarso fue el principal promotor de la evangelización de los griegos. Sin embargo, estos griegos tenían cierto vínculo con el pueblo judío puesto que acudían todos los sábados a la sinagoga, Para comprender este fenómeno es necesario explicar de qué manera estaban constituidas las sinagogas a mediados del siglo I d. C.:

  1. Judíos – Eran aquellos judíos de nacimiento, herederos sanguíneos de la promesa de Abraham y del paco mosaico y sobre quienes recaía la obligación de respetar los 613 mandamientos de la Torá.
  2. Prosélitos de Justicia – Eran gentiles que se habían convertido al judaísmo, adoptando todos los mandamientos de la Torá. Desde el punto de vista del cumplimiento de la Torá eran totalmente judíos, si bien tenían que ganarse su puesto en la sinagoga y pocas veces lograban sentarse en las primeras filas.
  3. Temerosos de Dios – Eran gentiles que creían en el judaísmo, pero que, a diferencia de los prosélitos de justicia, no habían pasado por un proceso formal de conversión. No estaban obligados a circuncidarse ni a respetar las normas de alimentación. Se les permitía vivir entre judíos y acudir a la sinagoga para aprender, y debían cumplir los 7 preceptos universales

Los griegos que recibieron el evangelio en la sinagoga de Antioquía eran, probablemente, gentiles temerosos de Dios. Pablo y Bernabé comenzaron a predicar la palabra kerigmática del Cristo celestial sin hacer distinción entre judíos, prosélitos de justicia y temerosos de Dios. Este hecho ocasionó, cerca del año 49 d. C., un altercado y una violenta discusión en la sinagoga de Antioquía (Hechos 15, 1-2). Muchos judíos creían que no era posible entrar al cristianismo sin pasar por un proceso previo de conversión al judaísmo.

El incidente de Antioquía está registrado también en la Epístola a los Gálatas de Pablo:

«Cuando Pedro vino a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara por su inadecuado proceder. Pues, antes de que viniesen algunos de parte de Santiago, comía con los gentiles; pero después de que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su hipocresía participaban también los otros judíos, de tal manera que incluso Bernabé fue también arrastrado por ellos» (Gálatas 2, 11-14).

El concilio de Jerusalén

El incidente de Antioquía fue el inicio de un conflicto teológico entre los dos grandes líderes del cristianismo primitivo, PabloSantiago, como representantes de una corriente liberal y otra conservadora, respectivamente, en relación al judaísmo. Debido a que Jesús de Nazaret había mostrado durante su actividad pública una actitud negativa hacia la predicación de los gentiles, fue necesaria la convocatoria de un concilio en Jerusalén para deliberar sobre el asunto. 

Se reunieron los apóstoles en Jerusalén alrededor del año 50 d. C. para debatir si los gentiles que se unían al movimiento debían convertirse al judaísmo y cumplir con todos los mandamientos de la Torá, incluida la circuncisión. El problema fue resuelto por Santiago, el hermano de Jesús y líder de la comunidad judeocristiana de Jerusalén:

«Por eso, a mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios; basta con escribirles que se abstengan de la contaminación de los ídolos, de las uniones ilegales, de animales estrangulados y de la sangre. Porque desde tiempos antiguos Moisés tiene en cada ciudad quienes lo predican, ya que es leído cada sábado en las sinagogas» (Hechos 15, 19-21).

El correcto entedimiento del evangelio estaba en juego.

El inicio de la separación de las primeras comunidades cristianas

La disputa sobre el trato hacia los gentiles —los temerosos de Dios— parecía resuelta. Sin embargo, en las primeras comunidades cristianas la polémica siguió estando presente.

Las tensiones entre las visiones aperturistas y conservadoras de los primeros discípulos propiciaron la división del cristianismo primitivo en varias corrientes. La dos escuelas más destacadas fueron la comunidad de Antioquía, de ideología paulina universalista, y la comunidad de Jerusalén, dirigida por Santiago el Justo y con una visión más hermética y conservadora. Es importante aclarar que, a pesar de los debates cristológicos, los seguidores de Jesús, durante este periodo, nunca dejaron de ser judíos.

La apertura de la palabra del evangelio a los temerosos de Dios abrió la puerta a la predicación de todos los paganosEn paralelo, y como consecuencia de esta controversia, las comunidades de tendencia paulina comenzaron a cuestionarse si, tras la crucifixión de Jesús, también los judíos habían sido liberados por Jesús del cumplimento de la Torá. Sin embargo, no será hasta el siglo II d. C. cuando se produzca la separación final entre el judaísmo y el cristianismo. Durante el siglo I, el cristianismo seguía siendo una corriente dentro del judaísmo de su época.


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